Mª Magdalena -16 / Me miró sonriente

María Magdalena, enamorada y creyente, no llegará a ser testigo creíble de la resurrección para sus contemporáneos, en tanto su propia manera de entender la persona y la misión de Jesús no entre en crisis. Dejando atrás su propio interés y consuelo, Magdalena será una mujer nueva, apóstol y testigo privilegiado para muchos creyentes de su tiempo.

Se dice que «La percepción amorosa genera formas de conocimiento inaccesibles para quienes no aman», y también «Lo que les digo en la oscuridad díganlo a plena luz, lo que oyen al oído predíquenlo desde las terrazas».

«MARIA MAGDALENA»

16.- ME MIRÓ SONRIENTE

— Todavía he de hacerles por mi parte una confesión. Ocurrió aquella mañana soleada en Galilea al servir la jarra con el vino a los presentes, me hallé de pronto ante el mismo Jesús allí recostado. Quise llevarle primero el agua para lavar sus manos y más tarde acercarle el vino hasta sus labios, cuando allí me detuve, acaricié y besé con cariño las manos del nazareno.

El maestro Jesús me dejó hacer, me miró sonriente y me llamó por mi nombre, al tiempo que me dirigió un suave reproche, una vez más:

– Déjeme ahora, he de ir a nuestro padre.
– La carne es débil y comprende mal. El espíritu nos lo dará a entender pronto.
– Les quiero, volveré más tarde y me quedaré con ustedes para siempre.

Mis propios labios acercándose a su bendita carne en aquel momento sólo querían expresar mi estrecha comunión con él, también mi dolor y mi contento, mi deseo de no perderle más.

De repente algo ocurrió en mi interior. Su rostro verdadero pareció desvanecerse ante mis ojos y por un instante le contemplé desfigurado aún y malherido, recién descolgado del madero, entre los brazos y rodillas de su bendita madre dolorosa.

Confusa y avergonzada regresé con lágrimas al lugar donde me encontraba. Algunos notaron lo ocurrido, pero esta vez no comentaron ni me reprocharon nada porque comprendían.

¿Qué había sucedido? ¿Mis prisas e impaciencias por verle y abrazarle? Más que creer, yo sólo amaba, creía porque amaba, mas buscando sólo mi bien. Aprendí que mi fe deberá purificarse, pasará por noches oscuras de soledad y de muerte.

— Jesús continuó ese día un tiempo allá recostado, alternando su mirada entre el cielo y la tierra, conversando pausadamente con sus más próximos. Quiso animarles para que no abandonaran el camino, que siguieran juntos unas semanas más. A algunos los llamó para que se acercaran y él habló personalmente con cada uno.

Quedó claro que Jesús era de todos y para todos, que teníamos un lugar propio y privilegiado en el corazón grande de nuestro señor Galileo.

El día fue avanzando, finalmente fuimos numerosos los recostados en círculos alrededor de Jesús como en tantas otras ocasiones. Yo misma, acompañada por Leví Mateo y por otros discípulos, conversé y serví a ratos el vino entre los invitados, sintiendo en mí una gran alegría y claridad por su presencia.

Así nos quería Jesús, en pequeños grupos con la gente entremezclada, hombres y mujeres, niños, servidores y servidos, conocidos y desconocidos, pequeños y grandes, judíos y galileos, de los valles y de las montañas, discípulos y gente recién llegada, todos unidos cerca de él, compartiendo la vida, el pan y la palabra.

— Recuerdo que la más pequeña de las hermanas de María de Nazaret se encontró allá esa mañana con nosotros. Una hija suya aún muy niña quedó huérfana meses después y yo la recibí en mi casa. En mi huida y exilio atravesamos arroyos y colinas hasta llegar a esta región más al norte donde nos refugiamos.

Las dos vivimos juntas muchos inviernos, hasta que ella ya joven mujer formó familia. Como una hija mía muy querida, su juventud me recordó la mía tan desgraciada, pero su ánimo y su alegría evocan la nueva vida que Jesús prometió, ofrecida ya a todos sin cesar.

Aquella mañana de sol en Galilea pudimos ver gentes de Judea que se acercaron al grupo buscando a Jesús. Algunas madres vinieron hasta nosotros con sus hijos más pequeños en brazos o enfermos en camillas. Con ellos fueron llegando también inválidos, leprosos y mendigos de la región. Llenos de esperanza hicieron largas jornadas de camino, porque se había extendido esta buena noticia: que nuestro señor Jesús de Nazaret está curando y resucitando en los alrededores del gran lago de Galilea.
___

* Imagen: Noli me tangere, A. Correggio (1489-1534). Dijo el 4º evangelio que María Magdalena al oír su propio nombre reconoció a Jesús que le dijo «Suélteme, todavía no subí al Padre». El discípulo deberá comprender que todo cambió desde la muerte y a partir de la resurrección, que todo será diferente después de la ascensión de Jesús a la derecha del Padre.
___

¿Bastará creer? Lo que importa es amar, amar con todo el alma . .

Luz Casal, «Eres todo para mí..Mi principio y mi fin, mi norte y mi guía»:

Mª Magdalena -9 / Crecí en Magdala

En este relato más autobiográfico Magdalena nos explicará de dónde viene y cómo ha llegado hasta aquí. Es muy crítica con el afán por fabular propio de los primeros tiempos, publicando relatos falsos e interesados sobre Jesús de Nazaret y sobre ella misma. Parece claro que María Magdalena fue salvada de la muerte gracias a la intervención decisiva de sus mejores amigos, ‘Mujer ¿nadie te condenó? Yo tampoco, vete en paz y en adelante no peques más’.

«MARÍA MAGDALENA»

9.- CRECI EN MAGDALA

+ Escribo estas líneas por encargo, para explicarme sobre el gran maestro de Nazaret, para contar mi gran amor y mi pasión infinita por Jesús de Galilea.

Sé que habrán oído hablar y habrán leído cosas sobre María la pecadora o sobre la hermana de Marta, de María la de los siete demonios y otras María, mujeres que aparecen en varios escritos conocidos. Yo no soy más que María de Magdala, la Magdalena. En algunos textos escritos por los discípulos de Leví Mateo, leídos desde el comienzo en las asambleas, se habló de la Magdalena, como en otros relatos más recientes redactados por gente desconocida con otras intenciones y falseando nombre y contenido.

Era previsible que así ocurriera porque hemos pasado de los recuerdos vivos a los recuerdos escritos. El deseo de no olvidar lleva a algunos a contar muchas historias, pero no todas son igualmente ciertas. Dos vidas enteras no bastaran para contar lo que vieron y oyeron aquellos hombres y mujeres que convivieron los primeros años con el Jesús de Nazaret.

+ En verdad no creo que algunos últimos relatos perduren ni sean útiles para la enseñanza ni para la fe. El tiempo y nuestros grandes maestros sentenciarán. Escritos muy recientes sólo buscan conseguir gloria propia y recompensa o, lo que es más triste, descalificar a nuestro Cristo y a sus seguidores, propósito repetido con frecuencia por gente que no sabe de lo que habla ni cree en lo que dice que cree ni tiene pensado creer en nada que le incomode.

Estos creadores de fábulas piadosas, a merced de los intereses de influyentes comerciantes, les aseguro que autores y manuscritos bien pronto serán olvidados, tal vez alguno quedará en la parte más alta de viejas bibliotecas o en sus cuartos más oscuros.

Me dicen que sólo los discípulos griegos del joven Juan, el discípulo amado de nuestro Señor, sólo ellos parecen acertar en lo que cuentan sobre mí.

+ Desde muy niña habité en Magdala, muy cerca de Cafarnaúm, a orillas del gran lago de Galilea. Los primeros discípulos me llamaron la Magdalena, para distinguirme de las otras mujeres que acompañaron a Jesús en Galilea y en su largo camino hacia Jerusalén.

En Magdala crecí y tuve mi casa. Allí sigue viviendo, dicen, un hijo de la mujer que me alimentó. Ella me educó al principio por encargo y con esmero, pero sin cariño. Hasta que un día, por celos y calumnias, siendo yo todavía muy joven casi una niña aunque no doncella, una fría y oscura noche de invierno fui maltratada y echada fuera a los caminos con esta condena escrita colgada fuertemente y a mi cuello encadenada que decía así, ‘Si regresa será apedreada y despeñada’.

Mucho más sobre mí nadie supo, tampoco nadie preguntó. Pero en verdad ni yo misma sé ni sabré nunca dónde nací ni quién me trajo al mundo ni para qué. A veces gustaba pensar que alguien en algún lugar había soñado conmigo, me echó en falta y esperaba, pero nunca lo supe ni ya más nunca lo sabré.

+ Ahora mismo sólo me importa saber que alguien me abrió las puertas de su casa y me cobijó bajo su manto, que el buen pastor me amó y me rescató de las fauces amenazadoras de lobos feroces, que me libró de la noche oscura de la muerte muriendo conmigo, por mí y por todas las ovejas perdidas de Israel.

Pastor de verdad
pastor de mi vida,
ven hasta mí perdida
llévame hasta ti rendida.

Estas historias mías explican la amargura que habitaba en mi corazón huidizo, inquieto y temeroso. Porque en verdad hasta que conocí a Jesús mis días y mis noches los vivía sin vivir, sintiendo mi carne, mi alma y mi ser entero dolorido, penetrado de disgusto y envuelto en oscuridad.

La historia de mi pasado y mi situación respecto al sol, por el hecho de ser mujer, sirvió a otros muchos para dejarme fuera entre sombras de muerte, en el silencio de la exclusión.

__

– Imagen: María Magdalena, José de Ribera, 1641, Madrid. Presenta la mujer en actitud orante en una cueva, elegante cortesana y joven penitente, con su frasco de perfumes.
– Imagen: Verónica, Via crucis.
___

(I’ll never be) María Magdalena – Sandra – 1985


__

Mª Magdalena -8 / Esperando su regreso

«Él es la luz verdadera que ilumina a todo hombre». La aventura interior de la fe será descrita por María Magdalena como una victoria de la luz, un doloroso nacer de nuevo y un pasar de la muerte a la vida; la conversión personal como una aventura tan impredecible como la vida misma. Ella pudo finalmente confesar su fe total en Jesús de Nazaret, además de su loco amor por él. Mujer muy anciana, viendo ya acercarse el final, traerá a la memoria palabras y sentimientos que iluminen el último tramo de su vida.

“MARIA MAGDALENA”

8.- ESPERANDO SU REGRESO

+ Tras la muerte en cruz del maestro, el sendero hacia la iluminación fue para mí largo y doloroso. Al fin creí en él con todo mi ser y le confesé como mi cristo y mi señor, como el viviente y la fuente de vida para siempre.

En efecto, los inviernos en los que la luz y las sombras se alternaron en mi alma, fueron largos y angustiosos. Ahora sé bien que Jesús nazareno es mi señor y mi libertad verdadera, mi esposo, mi único amor, mi vida y mi todo. De verdad lo siento y lo vivo así.

Es como quien tiene la certeza misteriosa de una nueva vida que lo habita y palpita en su interior. El mismo Jesús utilizó la imagen de la vida en el vientre de la madre para hablar de su proyecto de reino de Dios: una vida nueva en nuestro interior, que crece y va madurando. Será necesario esperar pacientemente su misterioso curso natural en cada uno.

– Miren, cuando una mujer dio a luz a su niño, no se acuerda ya más de la angustia, es tanta la alegría por la nueva criatura.
– He venido para que todos vivan, que no perezca ninguno que crea en mí.

+ Yo sé que Jesús nuestro señor volverá para ultimar mi historia personal. Culminará así un costoso trabajo compartido de amor y de sufrimiento. Al final quedará el amor, sólo el amor.

Nuestra vida no es como una historia interminable que da vueltas sin fin o se desvanece sin futuro en la nada y el vacío. El punto final, la muerte, será el principio de lo nuevo, el triunfo de la misericordia y el amor. Así ocurrió en el propio Jesús, pionero de la nueva criatura nacida tras tanto dolor y sangre en la cruz.

+ Ahora yo solo espero su regreso, su último llamado. Creo saber que, al verme penando por su ausencia, también esta vez se dirigirá a mí y pronunciará con determinación mi propio nombre:

– ¡María!
– Maestro, busco tu rostro.
.

Mi respuesta quisiera ser tan decidida como la del apóstol Tomás. De él cuentan que reconoció vivo a su Cristo amigo, cayó a sus pies rendido, y apesadumbrado entre sollozos le dijo:

– ¡Mi señor y mi dios! Yo creo en ti, mi rey y señor.
– Tomás, has visto y has creído, dichoso tú.

Siempre contigo
ante tus pies heridos
ante ti contigo
mi señor y mi todo
mi amigo,
te adoro y te amo
todo tuyo
todo en tus manos heridas
siempre contigo siempre.

Con el paso de los años mi espíritu está en calma. La paz ha regresado a mi alma que vigila día y noche y ahuyenta todo temor. La luz se hizo paso entre las sombras. He llegado a esta íntima convicción, creo y espero firmemente que la muerte ya no es derrota sino victoria.

* Imagen: «Llanto por la muerte de Cristo con santos», Sandro Botticelli (+1510), fragmento. Vemos a la Magdalena (?) abrazando con gran cuidado y cariño el rostro de Cristo muerto, el cuerpo recién desclavado y bajado de la cruz por los discípulos.