María Magdalena #4

“Les escribimos lo que hemos oído y hemos visto con nuestros propios ojos, les anunciamos lo que hemos contemplado y tocado con nuestras manos, para que estén unidos con nosotros” (1ª carta S Juan). Las visitas y conversaciones que María Magdalena mantiene con unos jóvenes discípulos, hacen que recupere la alegría y crea rejuvenecer. Desde su gran fascinación por la personalidad de Jesús de Galilea, María quiere comunicarnos su experiencia. Llena de amor y nostalgia, sueña con nosotros por regresar en el tiempo y verse de nuevo junto al maestro de Galilea.

“MARIA MAGDALENA”

4.- FRESCOS RECUERDOS

— Los jóvenes de los que les hablé venían a mi casa algún atardecer en el último invierno. Me buscaban con interés, buscaban luz y calor, también el calor de mi hogar y de mi propia hoguera. Me contaban que los rabinos habían hablado de mí en sus comentarios al nuevo camino que Jesús Galileo proponía. También escucharon los pareceres de algunos vecinos ya ancianos y de su propia familia. Muchos hablaban de la Magdalena, pero estos jóvenes querían oír y conocer por su cuenta para tener su propia versión y opinión.

Alguno de ellos ya había sido bautizado en secreto, otros no parecían tener la intención de hacerlo, al menos por el momento. Todos me manifestaron su interés por conocer más detalles sobre Jesús de Nazaret. Conversaban y discutían entre ellos y me preguntaban abiertamente sobre él, a pesar de que durante mucho tiempo, y aun ahora mismo, solo nombrarlo es arriesgado.

Jóvenes y fuertes como eran cuando venían ayudaban a esta mujer que cada día amanecía un poco más torpe y con menos fuerzas. Las muchachas ponían a menudo cantando un poco de alegría, orden y limpieza en mi pequeña casa. Todos ellos ponían también orden aun sin saberlo en mis recuerdos y sentimientos con las muchas preguntas que allí me hacían.

— Mi alma entera y también mi cuerpo se alegraban al observarlos y escucharlos, todo mi ser rejuvenecía. Siempre a la búsqueda del verdadero amor, su afecto y simpatía me conmovían íntimamente, lo confieso ahora sin reparo. Siendo el rostro de mi alma mucho más trasparente de lo que yo quisiera, los visitantes advertían pronto lo que en mí sucedía. Sonreían con bondad al notar tan a flor de piel mi sentir y mi necesidad, hambre de buen amor y satisfacción por su presencia y juventud.

Esta gente amiga llegaba hasta mi puerta con pequeñas excusas, pronto se acercaban al fuego que nos calentaba. Juntos soñábamos abrazando nuestras manos, al poco despertábamos sintiéndonos personajes que vivían en otro tiempo con el Galileo y con sus discípulos, en un mundo que nos encantaba a todos, un mundo de ensueño y bienestar.

Eran muy jóvenes y no me resultaba difícil poner en marcha sus sentidos de dentro, imaginando y contemplando para que viesen y tocasen, que oyesen y hasta notasen aromas y sabores, ‘Ven, amigo mío, acércate, cuéntame’. Yo los iba llevando de la mano poco a poco hacia el Nazareno que los atraía con fuerza; íbanse familiarizando con sus bellos ojos y su semblante agradable. Sin haberlo visto ya lo amaban, como si en verdad lo hubieran conocido. Las palabras y hasta los gestos del gran maestro les hablaban a ellos directamente. Seguían paso a paso el camino que marcaba mi discurso, con frecuencia entrecortado por el recuerdo y la emoción, ‘Señor mío, amor mío’.

Junto a ti
amor
todo es belleza,
tras de ti
mi vida
vuelo sin tregua,
sin ti
bondad suma
sólo tristeza.

— Al contemplarle con detalle y ahí detenernos quedábamos fascinados. Nuevas curiosidades venían a nuestro espíritu. El rostro de Jesús, toda su figura, aparecía ante nosotros limpia y luminosa, resplandeciente. Una delicada melodía de paz, una armonía interior desconocida, brotaba en cada uno contagiándonos sin saberlo nuestras propias sensaciones. También ellos asombrados descubrían mis sentimientos personales, mi íntima ansiedad enamorada.

En nuestro espíritu, y también en nuestro cuerpo, recibíamos una suave conmoción, afectuosa y honda, que estrechaba la comunión entre nosotros.

* En la imagen un detalle de “La Ultima Cena” de Leonardo Da Vinci (1452-1519), donde grupos de discípulos reunidos a la mesa con Jesús discuten entre sí y preguntan al Maestro, inquietos y asombrados por lo que está sucediendo. Algunos han creído ver a la joven Magdalena entre los discípulos presentes, cerca del discípulo amado.

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