La intimidad de Dios

Hablaremos de nuestra relación personal con Dios. Recordarán que Jesús de Nazaret, después de su muerte en cruz, encontrado ya vivo en los caminos, prometió a los discípulos:

+ Si me aman, el Padre y yo vendremos y haremos morada en ustedes.
+ Yo estaré presente todos los días, hasta el fin del mundo.
+ El Espíritu que yo enviaré les enseñará y recordará todo.

Tal vez no se nos enseñó a notar la presencia y acción divinas en nuestro interior. Esto nos llevó a imaginar a Dios lejos, en algún lugar indefinido del universo. Si no lo percibo íntimo, será difícil hallarlo fuera.

La última Cena, 1320, Pietro Lorenzetti:
«El discípulo que Jesús amaba estaba recostado a su lado en la mesa»

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Con ocasión de la Navidad pasada, J.A. Pagola nos dio alguna pista:

– Saber estar en silencio, acoger con sencillez su presencia y aliento.
– Acoger la paz y el amor que nos llega desde el interior de nuestro ser.
– Aparecerán nuestros temores y heridas, nuestro pecado. No inquietar.
– Su presencia íntima y amistosa nos irá apaciguando y sanando.

Así expresará San Agustín su propia búsqueda:

«Tú estabas dentro de mí y yo fuera. Tú más íntimo que mi propia intimidad. Te busqué fuera, volcado yo en la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.»

La Madre Teresa de Calcuta mostró el camino: de la oración a la paz pasando por el servicio, en el centro el amor…

«El fruto del silencio será la oración y el fruto de la oración la fe, que dará como fruto el amor. El amor nos llevará al servicio, y en él hallaré la paz.»

De las ocho bienaventuranzas, la mejor para hallar a Dios en todo:

«Felices los limpios de corazón, ellos verán a Dios». La humildad y la sinceridad, el afecto filial, serán condición para vivir la intimidad divina. María de Nazaret será el mejor modelo, siempre fiel y disponible.
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EL DIOS VIVO

Qué sabrosa es la presencia del Dios vivo:
es como miel que te empapa el paladar,
es agua fresca que resbala por la frente;
como la brisa que te moja desde el mar.

Qué seguro es el amparo del Dios vivo:
es como el brazo que sostiene al caminar;
es la sonrisa que despierta la confianza,
como la mano que te lleva a reposar.

Grande el hombre que confía en el Dios vivo,
es como el yunque que resiste al martillar.
Que Dios ayude al que lucha por la vida,
que Dios apoye al que ayuda a los demás.

–Miguel Matos

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