Orar con Nicodemo #1

– Por la Pascua pasada quise recuperar viejos papeles del personaje evangélico que fue uno mismo hace ya mucho, que brotaron de una espiritualidad de la confidencia. Los deseos de Nicodemo serán los mismos, las expresiones fueron otras, la amistad permanecerá para siempre. Eso es la oración, un diálogo de amistad. Para la ocasión tomaré el estilo apretado, todo seguido sin puntos y aparte. Verán hoy que el buen discípulo, aun cobarde o negador, encontrará siempre al Maestro bien dispuesto al abrazo. Así lo contó esta vez Nicodemo, un discípulo de la última hora.

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EL PERDÓN DE PEDRO

«Antes de los sucesos hablé con Pedro y Juan. Les pareció imposible conseguir que te echaras atrás, aunque tu vida corriera peligro. Te conocían bien, Señor, supieron tu determinación de mostrar a todos que la injusticia mata a los inocentes, que el PADRE quiso explicar así el gran amor que nos tiene, no ahorrando la vida de su propio hijo querido. A mí me pareció excesivo tanto sufrimiento y tanto amor. Quedamos después muy asombrados y también asustados por todo cuanto ocurrió. Todavía me parece oír las palabras dichas desde la cruz: ‘¡No saben lo que hacen, Padre, perdónalos, ellos no saben!’. Siempre disculpando, allá mismo, a tus propios verdugos y a los crucificados contigo, como tú. Ellos fueron sin duda tus primeros rescatados. Tras la muerte y tu resurrección, PEDRO va siempre inquieto buscándote, queriendo saber dónde estás, qué piensas, qué quieres, cómo hacer para agradarte. Él quiso recordar tus mismas palabras y en ocasiones no pudo. Su pecado y tu perdón le cambiaron la vida y su manera de ser, ahora más humilde, comprensivo y bondadoso con todos. Se sintió a veces muy inseguro, en la orilla y en la barca. Si hubo mala racha en el trabajo, lo atribuyó a su propio pecado, ‘Es por mí, yo negué al Maestro, fui un cobarde, fue mi culpa, lo traicioné’. Mas tú, Señor, no quieres la culpa oscura sino la gracia luminosa; tú no quieres el abismo del resentimiento sino el abrazo de la paz y la fiesta del perdón. Tu amor y tu gracia rehabilitaron a Pedro, como a muchas personas. Perdona hoy también mi falta de fe y sana la herida de mi cobardía en seguirte. Todos nos parecemos un poco a Pedro, muertos de miedo nos cuesta ahora responder por ti, mas al tú mirarnos recobraremos la vida y la palabra. Una mirada tuya, JESÚS, bastará para sanarme. Tú quisiste, Señor, que Pedro sintiera muy de cerca tu misericordia y tu perdón. Recordaré sus mismas palabras repetidas entre sollozos aquel día junto al lago: ‘Señor, tú sabes cuánto te quiero’. Pensando yo la escena de su curación, te diré también ahora en verdad, de corazón: Jesús, amigo, tú sabes que Nicodemo también te quiere. Si inconstante y poco consecuente, yo me comprometo a no dejarte nunca, aunque costase. Vigilaré por no caer en la desconfianza ni la cobardía. Ten piedad de mí, Señor, y de nosotros todos tan frágiles y temerosos, solo pobres pecadores, mas por ti enamorados. Adiós, Señor, hasta otro día.»

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(Verán otros capítulos más adelante, y en “Cómo orar”, ebook de Nicodemo Martin.
Todo en “Orar con Nicodemo”)

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