María Magdalena #2

Las habladurías sobre la Magdalena, su relación afectiva con Jesús de Nazaret y con algún otro de los discípulos, debieron existir “discretamente” desde los primeros tiempos. En este segundo relato aparece gente joven, sin prejuicios, que quiere conocer mejor y averiguar por su cuenta. Son jóvenes simpatizantes que no conocieron directamente al Maestro. Ellos buscan testigos directos, quieren saber y María Magdalena se ofrece a explicarles. Ella será su instructora de palabra y también por escrito.

“MARIA MAGDALENA”

2.- JOVENES DISCÍPULOS

— Los jóvenes que acudían con cierta frecuencia a mi casa querían preguntar algunos detalles sobre Jesús para conocerle mejor. Querían mostrarme también su limpio interés por la persona del gran maestro desaparecido, como alguno de ellos le llamaba.

Sus deseos parecían sinceros, pero tal vez se equivocaban al sospechar que como mujer debía tener muchos secretos guardados sobre el nazareno. Por las preguntas que me hacían veía que deseaban entrar en los rasgos más personales y menos conocidos del maestro Galileo.

En previsión de que esos recuerdos míos pudieran desaparecer de mi vacilante memoria, no sólo querían oírme sino que me preguntaban si les permitía o si yo misma podía escribir lo que había visto y oído, anotando fielmente mi experiencia y mis reflexiones sobre el personaje.

Estos jóvenes discípulos querían convencerme y me aseguraban que otros escribieron trasmitiendo noticias, hechos y palabras del gran maestro. Me explicaban con todo detalle que esos escritos iban extendiéndose rápidamente entre los seguidores, dándose a conocer también en mercados y sinagogas por ciudades y comarcas hasta lejanas provincias.

— Me sorprendió y también me asustó esa súplica y urgencia que venía de ellos para que les contara o incluso pusiera en letras escritas mis recuerdos personales. Probablemente temían que en cualquier momento el sonido de mi voz y la luz de mi rostro se apagasen para siempre. También yo misma lo presentía pero sin temor.

Ellos me argumentaban que les parecía siempre iluminador lo que les contaba, que al oírme hablar sobre aquel hombre sentían como si él mismo en persona se les acercara y les hablase. Le notaban muy vivo en mis palabras, en el tono y en la mirada que las acompañaba y nos acariciaba. Que veían mis ojos iluminados y todo mi rostro transfigurado al evocarle junto a nosotros por el recuerdo. Tenían muchas preguntas que querían hacerme.

– ‘¿Qué opinaba la gente sobre Jesús? ¿es verdad que algunos le consideraban como un antiguo profeta que había vuelto a la vida?’
– ‘Todos dicen que amabas con locura al maestro Jesús, que te vieron hundida en un pozo muy oscuro y profundo cuando él murió en cruz, que te costó mucho superar tanta dolor’
– ‘¿Por qué crees que los discípulos no comprendieron lo ocurrido contigo? ¿por qué te reprocharon tanto tiempo esa relación afectiva tan privilegiada con el maestro?’

— Está claro que estos jóvenes sospechaban, y así me lo confesaban, lo mucho que el Nazareno había significado y también ahora significaba para mí, aunque sin acertar ellos a entender el alcance ni la trascendencia de estos hechos. Al decírmelo yo misma me ruborizaba y durante unos segundos callaba confundida ocultándome de sus miradas. Me defendía así de sus comentarios y súplicas que a veces creía maliciosos.

Les decía que difícilmente mis sentimientos personales más íntimos podían contarse ni mucho menos ponerse por escrito. Que correspondía hacerlo a gentes mejor informadas que yo, con más grande autoridad y capacidad. En verdad no acababa yo de entender muy bien por qué su insistencia, sin duda creo ahora que bien intencionada, pero yo había crecido de natural desconfiada y retraída. En un momento dado debí suplicarles por favor:

– ‘¿Respetarán mis silencios y mi propia intimidad?’

— Con los años que pasan, que van pesando cada día más sobre mis frágiles espaldas, acercándose mucho el final de esta vida mía, tal vez podría hacer un esfuerzo y atender los buenos deseos e ilusiones de estos jóvenes discípulos.

– ‘María ¿tú crees que nosotros llegaremos a conocer a Jesús, a quererle y seguirle tanto como tú?’

* Imagen: “Cristo en casa de Marta y María”, de Jan Vermeer (1632-1675). Vemos a Jesús que conversa en la sobremesa con sus amigos, dándose a conocer a los que escuchan con afecto y paciencia. A sus pies acude María atenta al invitado, tomó la mejor parte, olvidada por unos instantes de todo lo demás.

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