La fragilidad de Jesús

    . . Te llamé para abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión, liberar a los que habitan las tinieblas.
    . . El Verbo de Dios se hizo carne, se hizo fragilidad.

    «Como nos ama, se hace a nuestra medida» (Santa Teresa de Jesús)

El Dios que presentaron los profetas y evangelios quiso compartir nuestra fragilidad. Jesús de Nazaret no siendo pecador conoció los efectos del pecado, y ante la debilidad fue solidario animando, curando y perdonando.

    «Por gustar, ¡oh, Impasible!, la pena
    quisiste penar,
    te faltaba el dolor que enajena
    para más gozar.
    Y probaste el sufrir y sufriste
    vil muerte en la cruz,
    y al espejo del hombre te viste
    bajo nueva luz»

    (Miguel de Unamuno)

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. . Trató de cerca a enfermos e incurables, pecadores y endemoniados.
. . El cansancio y el llanto de Jesús, sediento junto al pozo y en la cruz.
. . Jesús vivió el abandono y la traición, el egoísmo y vanidad de los suyos.
. . Amenazado de muerte y torturado, como un malhechor despreciable.

    «Será actual la palabra de Jesús antes de morir ¡Tengo sed! Su grito sigue estremeciendo. La sed de un hombre maltratado, ansia infinita de Dios muriendo y amando. Sed de paz, de justicia, de fraternidad» (P Pedro Arrupe).

Jesús, Maestro y Señor, quiso acercarse a la realidad humana más desagradable. No se montó un mundo aparte. Miró cara a cara con amor, tocó sin temor y sanó cuanto pudo.

    . . Vengan a mí si están agobiados, encontrarán un respiro.
    . . No vine por los justos ni los sanos, sino por los enfermos y pecadores
    .

Estos versos de oración con Jesús, fragilidad compartida, fortalecida por la resurrección, victoria de su gran amor.

    «En mi miedo, tu seguridad
    En mi duda, tu aliento
    En mi egoísmo, tu amor
    En mi rencor, tu misericordia
    En mi ‘yo’, tu ‘nosotros’
    En mi rendición, tu perseverancia
    En mi silencio, tu voz
    En mi ansiedad, tu pobreza
    En mi tempestad, tu calma
    En mi abandono, tu insistencia
    En mi dolor, tu alivio
    En mi debilidad, tu fuerza»

    (JM. Rodríguez Olaizola)

En comentario podrán leer una serie de cuestiones sobre la humanidad de Jesús, su fragilidad, reveladora también de Dios como Padre creador y Redentor nuestro.

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ORACIÓN escrita por internos del Centro Penitenciario “Due Palazzi” de Padua (Italia), rezada en el VIA CRUCIS del Viernes Santo 2020, presidido por el Papa en la plaza san Pedro:

    + Oh Dios, Padre todopoderoso, que en tu Hijo Jesucristo asumiste las llagas y los sufrimientos de la humanidad, hoy tengo la valentía de suplicarte, como el ladrón arrepentido: ¡Acuérdate de mí!.
    + Estoy aquí, solo ante Ti, en la oscuridad de esta cárcel, pobre, desnudo, hambriento y despreciado, y te pido que derrames sobre mis heridas el aceite del perdón y del consuelo y el vino de una fraternidad que reconforta el corazón. Sáname con tu gracia y enséñame a esperar en la desesperación.
    + Señor mío y Dios mío, yo creo, ayúdame en mi incredulidad. Padre misericordioso, sigue confiando en mí, dándome siempre una nueva oportunidad, abrazándome en tu amor infinito. Con tu ayuda y el don del Espíritu Santo, yo también seré capaz de reconocerte y de servirte en mis hermanos. Amén.

(Encontrarán completo el VIA CRUCIS 2020, textos, comentarios y oraciones)
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Podrán leer más sobre Jesucristo en la colección de entradas «El Rostro de Cristo», y en «Jesucristo», eBook, pdf.

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Un pensamiento en “La fragilidad de Jesús

  1. «La existencia entera de Jesús muestra al Padre, y todos los momentos de su vida, incluso los más irrelevantes, son cauce de revelación. ¿Cómo puede anunciar la grandeza de Dios aquel que se somete al proceso biológico de la gestación humana desde su más remoto comienzo? ¿Cómo puede proclamar el mensaje de la gracia absoluta un niño que solo sabe llorar, llevado de unos brazos a otros en radical dependencia? ¿Cómo puede reflejar la majestad de Dios el adolescente que madura en una aldea insignificante, ajeno a la gloria de su mundo y de su tiempo? ¿Cómo puede realizar la novedad del reino el hombre que gasta la mayor parte de sus años en la rutina invisible de la cotidianidad más corriente que pueda pensarse? ¿Cómo puede, por fin, instituir el triunfo de Dios en la historia quien muere como un perdedor, expropiado de todo y entregando todo, hasta la última gota de sangre de su corazón traspasado?
    Benedicto XVI, en sus ‘Homilías sobre el año litúrgico’, subraya el ocultamiento como modo de revelación, ya que la humildad, la pobreza y la pasión nos permiten conocer «cómo es Dios verdaderamente».»

    –Margarita Saldaña, en «Rutina habitada», cap. 3°.

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