María Magdalena #12

Prosigue María Magdalena en este relato con sus opiniones sobre algunas personas influyentes de su tiempo, San Pedro, San Pablo, San Juan Bautista, sus diferentes maneras de pensar y sobre el lugar de la mujer en los primeros grupos cristianos, según el modelo de la sinagoga, excluida de funciones y espacios reservados sólo a los discípulos varones.

“MARIA MAGDALENA”

12.- NUEVOS SEGUIDORES

— Lo ocurrido aquellos años, primeramente con Mateo el publicano que acabó discípulo tan incondicional, y poco después con Saulo el de Tarso al convertirse de perseguidor en predicador, fueron dos noticias que según mi recuerdo impactaron mucho en la sociedad de esos primeros tiempos.

Pero la noticia que más sobresaltó, extendiéndose rápida por los pueblos y regiones, fue la detención y ejecución en cruz del Nazareno, la desaparición de su cuerpo del sepulcro y lo que ocurrió después en Galilea, cuando mostrándose vivo ante muchos se alejó de nuestra vista, aunque ante muy pocos testigos.

Esto último es lo que más exasperó a las autoridades religiosas de Judea, el testimonio que dieron los primeros discípulos del Nazareno. Ellos dijeron que tras la muerte en cruz vieron su figura y oyeron su voz en el camino, en casa de Tomás, cerca del sepulcro y también junto al lago.

— El cambio tan brusco que dio Saulo de Tarso extrañó y dolió mucho en primer lugar a los que gobernaban la religión y el Templo, porque se sintieron grandemente burlados y humillados. El de Tarso era un joven rabino y fariseo muy distinguido, fanático de la ley rabínica y con mucha autoridad entre los altos dirigentes políticos y religiosos.

Todos recordarán que Saulo despreció a Jesús Galileo tratándole al principio de apóstata e impostor. Después acosó a sus discípulos hombres y mujeres cuanto pudo y le dejaron. Él fue el causante principal de nuestra ruina, huída y primer destierro. Se decía que era enemigo de cualquier diálogo, siempre opuesto a un acuerdo de paz con los discípulos mayores de nuestro señor.

Dios le ha perdonado, yo también. Respeto su memoria aunque él no respetó la nuestra. Muy violento e intransigente se creaba problemas por todas partes. Cuentan que explicaba muy bien, aunque sólo unos pocos le entendían, por qué el Nazareno tuvo que morir en la Cruz. Tras su conversión y larga estancia en el desierto, es verdad que Pablo amó y siguió finalmente con toda su alma al Galileo crucificado, hasta morir como él, por él y por su causa.

Muchos no entendieron el poco aprecio e interés que Saulo mostró en conocer el detalle de cuanto sucedió en Galilea y en Jerusalen. No valoró en su predicación el mensaje ni el testimonio de lo que Jesús hizo durante el tiempo de su misión entre nosotros, cuando recorrió cada uno de los pueblos de nuestra querida Palestina y de otras regiones y naciones cercanas.

Yo conocí a Saulo el fariseo antes de hacerse discípulo, pero no llegué a escucharle después del cambio. A pesar de sus muchos viajes y estancias en el contorno de Antioquia nunca manifestó a nadie el deseo de conocerme ni la intención de hablarme.

— Era sabido, se comentaba aquellos años primeros, que ni Pablo ni el Bautista hicieron nada con su autoridad e influencia para comprender y aliviar la situación tan penosa e injusta que las mujeres habíamos de soportar. El buen maestro de Galilea se mostró en desacuerdo, y su modo de hacer era contrario a cualquier desprecio o exclusión.

La historia de los rechazos ha continuado entre los nuevos discípulos en algunos grupos y asambleas. He conocido mucha diversidad en la manera de vivir la vida, en las opiniones y ante las diferentes situaciones. Esto mismo ya ocurría entre Jesús de Nazaret y el Bautista, como en la distinta opinión de Leví o del apóstol Pedro sobre las mujeres que seguíamos a Jesús y lo que nos estaba permitido hacer o decir.

El grupo de Pedro siempre fue contrario a encomendar a mujeres convertidas la misión de evangelizar ni de palabra ni por escrito. También era diferente lo que explicaban sobre el amor y la compasión Saulo el fariseo convertido o Juan el muy amado discípulo. Mentalidades diversas, dentro de una nueva corriente de vida que irrumpió con Jesús el Galileo, en cuanto el Bautista fue encarcelado y más tarde decapitado por el infame y cruel Herodes.

Tampoco Leví Mateo pensaba ni actuaba como era habitual en su entorno, no menospreciaba a la mujer por el hecho de serlo, sino todo lo contrario. Soy testigo en mi propia vida de estas notables excepciones que eran de alta consideración y respeto por los menospreciados y maltratados fuesen hombres o mujeres, pequeños o grandes.

— He de recordarles que el apóstol fariseo Saulo de Tarso tenía la misma edad que Jesús Nazareno, que vivió justo el doble de años que el gran maestro. Así como cuentan y está escrito, Pablo fue torturado y decapitado, a la vez que otros muchos seguidores, en la gran calzada que acerca a la capital del Imperio en un lugar muy próximo a Roma.

Todos ellos murieron por mandato expreso de Nerón, en aquel tiempo jefe máximo de los ejércitos que ocupaban nuestros pueblos, señor de todas las tierras y gentes conocidas, endiosado emperador de los romanos, loco y sanguinario tanto como puedan imaginar.

Por todas partes persecución, muerte y cruz. Lo de Jesús pareció tener un rápido final, sin embargo no fue así: la vida y la verdad fueron abriéndose paso entre tanta amenaza y contradicción, Jesús acompañó nuestro camino cada día con el renacer de la esperanza, hasta hoy mismo que yo les escribo muy anciana, pasadas ya muchas Pascuas.

Nos dió confianza y fortaleza recordar algunas promesas atribuidas al entorno mismo del maestro de Galilea:

– ‘Los rechazados por ser mis seguidores serán como faros de luz encendidos en la noche cerrada del mundo’
– ‘Reinarán rebosando felicidad los que ahora lloran humillados y cargados de temor’
– ‘Yo estaré con ustedes cada día hasta el final de este mundo. Si se mantienen fieles yo seré fiel, no les dejaré solos y haré todo nuevo’

* Imagen: “San Pedro y San Pablo”, El Greco (1540-1614), presenta a los dos grandes apóstoles con sus rasgos propios. En san Pablo, la dureza del rostro del sagaz intelectual, orador brillante y escritor apasionado; en san Pedro, apacible y manso, dispuesto a comprender y perdonar, que lleva en su mano izquierda las llaves que abren y cierran la Iglesia.

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