Ejercicios, los deseos

DEMANDAR A DIOS N. SEÑOR LO QUE YO QUIERO Y DESEO

# ¿A dónde me llevará este tiempo de oración, soledad y silencio? Los deseos sinceros, convertidos en oración, marcarán el itinerario de los Ejercicios espirituales del santo de Loyola, expresando proyectos e ilusiones, también las propias carencias. Serán necesarias alianzas y complicidades para alcanzar lo que quiero y deseo.

Hoy les ofreceré finalmente las peticiones principales del libro espiritual. Al repetir lo que busco, daré valor a lo que pido y crecerá en mí el deseo, con la necesaria ayuda divina, reconociendo mi impotencia.

LO QUE YO QUIERO Y DESEO…

: Pediré el interno CONOCIMIENTO de mis pecados y el desorden de mis operaciones, que me enmiende y ordene.
: Que no sea sordo a su llamado, mas presto y diligente en cumplir su voluntad.
: El CONOCIMIENTO interno del Señor, que por mí se hizo hombre, para más amarlo y seguirlo.
: Pedir CONOCIMIENTO de los engaños del mal espíritu, y la vida verdadera del Rey eterno, gracia para imitarlo.
: Pediré CONOCIMIENTO interno de tanto bien recibido, así pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad.

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# El ‘conocimiento’, la lucidez, resumirá bien el conjunto de súplicas. Un conocimiento no superficial que favorezca el ejercicio correcto de la propia libertad. Saber lo que yo quiero y deseo, qué quiere Dios, y querer lo mismo.

Será la sabiduría del bien y del mal perdida en su divina simplicidad y limpieza. Pediremos su devolución, tras haberla malversado allá en el origen, engañados con malas artes, junto al árbol de la vida, de la ciencia del bien y del mal.

# Terminando el repaso de textos de los Ejercicios ignacianos, unos versos de Miguel de Unamuno, gran buscador de Dios, donde suplicó humildad en el vivir, sencillez en el desear, la infancia espiritual (!). Parece que cuando Unamuno murió, encontraron cerca esta oración:

«Agranda la puerta, Padre,
porque no puedo pasar.
La hiciste para los niños,
y yo he crecido a mi pesar.
Si no me agrandas la puerta,
achícame por piedad;
vuélveme a la edad bendita
en que vivir es soñar.»

Su oración nos recordó los sentimientos del pequeño salmo 130, “Abandono confiado en los brazos de Dios”:

Señor, mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;
no pretendo grandezas
que superan mi capacidad;
yo acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

# Finalmente, entre la nada y el todo, el santo de Loyola expresó con esta oración al final de su libro el deseo resumen que más importa:

“Tomad, Señor y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento,
toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;
Vos me lo disteis a vos Señor lo torno;
todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad,
dadme vuestro amor y gracia que ésta me basta.”

(Aquí podrán escuchar esta oración con música)

– Vean algunas ‘Meditaciones’, inspiradas en los Ejercicios Esp.

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