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– Salió el sembrador a sembrar. Unas semillas cayeron junto al camino y las aves del cielo las comieron. Otras cayeron sobre piedras y se secaron. Otras cayeron entre espinos y al crecer las ahogaron. Las que cayeron en tierra buena dieron fruto, unas al ciento.
Recordarán la parábola del sembrador (s.Mateo c.13). Para examinar mi disposición, la facilidad o inconvenientes que el Evangelio encontró en mí para crecer y dar fruto.
Mi amigo Benito me envió su reflexión:
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– ¿Qué clase de terreno soy yo? Mi actitud ante Jesús y su mensaje ¿indiferencia, desinterés, entusiasmo pasajero o acogida sincera?
– ¿Cómo es mi vinculación con Jesús y el evangelio? ¿verdadera y honda? ¿superficial e inconstante?
– En la parábola Jesús denunció el poco fruto y la superficialidad, también en sus propios discípulos.
El Reino de Dios requiere esfuerzo y sinceridad, constancia y decisión ante los cambios que supone, para dar buen fruto . . No hay árbol bueno que dé frutos malos, ni árbol malo que dé frutos buenos’ Cada árbol se conoce por sus frutos. (s.Lucas c.6)
Los buenos frutos deseados: ‘Caridad, alegría, paz, comprensión, generosidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí’ . . Deberemos pues saciar la sed de bien de mucha gente y poner manos a la obra.
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: Ante la apariencia, poner verdad
: Ante la inconstancia, la fidelidad
: Ante la dureza de corazón, ser disponible
: Ante la superficialidad, interioridad
: Ante la medianía, pondré generosidad
: Ante la impaciencia, tomar tiempo
: Ante el ruido, poner el silencio
: Ante la rutina, renovación.
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En comentario unos pensamientos de san Juan Crisóstomo, nuestro cambio necesario y las resistencias.
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